domingo, 1 de septiembre de 2013

Blu.

  • Esa semana cometí muchos errores. Evitando los que no nos atañen al momento, diré que el primero fue aceptar la invitación sin hacerme de rogar demasiado. Poco sufrimiento salía de sus teclas. El segundo tuvo lugar el mismo día del asedio. Le llamaré el momento Grey. Momento ascensor. Dos cuerpos en un espacio de uno por uno por menos de tres. Por mucho que se quieran separar, no dejarán la distancia mínima para evitar el terreno personal. Por supuesto, hubo más errores: fallos de cálculo de temperatura corporal, horarios de deporte incorrectos, cantidades de alcohol regaladas, tiempo de descanso descontrolado, etcétera. Podría concluir que parecía un día repleto de errores. Que quede claro, que en este caso el día tuvo menos de 24 horas repartidas en horario nocturno y mañanero.  

    A veces el desconocimiento forma parte de esa cadena de faltas y fallos. Otras veces se convierte en el aliciente necesario para romperla. Ese día, el desconocimiento fue el candado de la cadena.

    Todo empezó al revés. Y no me refiero a los errores. Quiero decir que si la almohada estaba en un lado de la cama, ella tenía apoyada la cabeza en el lado opuesto. El sexo empezaba al revés y tras una dura elección de banda sonora de fondo. La cosa iba de jabones y puñetazos. Que empezase del revés, no quiere decir que empezase mal. Si no, todo lo contrario. En el 99.9% de los casos reconoces en el primer empujón si la otra parte del sexo es de los tuyos o no. Ese día sucedió incluso antes. Juego de miradas y desnudos interrumpidos por escenas de golpes y risas que calentaban más lo que había sobre las sábanas. Ella era la inocencia disimulada. Él, la picardía directa sin humildad. Cada uno sabía como jugar sus bazas en el colchón. Que estocadas dar para que el acto transcurriese sin incidentes. Coordinación perfecta. Ella arriba. Él arriba. Él abajo. Ella abajo. Los compases del ritmo eran descoordinados, pero ardían. Ella era la pausa y los ritmos lentos. Él sabía cuando olvidar su pie en el acelerador. Parecían animales depredadores en tiempo de caza, con miradas acechantes y marcas de uñas incluidas. Ella mordía el anzuelo rápido. Él tampoco esperaba demasiado para sacar la caña del mar. Entre aquellas cuatro paredes sin decoración se estaba jugando un partido de baloncesto muy igualado. Muchos tiempos muertos de menos minutos que los indicados en el reglamento. Y un tiempo de descanso de dos horas de reloj. No había bebidas isotónicas, pero sí agua y colacao y un zumo de melocotón para ver las imágenes del partido repetidas.

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