lunes, 9 de septiembre de 2013

Runaway. (Pd. Mandingo)


Paredes blancas, suelo blanco, techo blanco y un espejo. Sobraban los motivos, faltaban otras muchas más cosas y sobraba la ropa de cintura hacia arriba. Sobraban los motivos y los besos en la boca. Los besos en la boca son un gesto de debilidad que allí no tenía cabida. Estaban solos, aunque no por mucho tiempo. Y aun así, sobraban los motivos y sobró tiempo también. Pies descalzos y de puntas para facilitar la penetración. Descubrieron el tacto de las baldosas húmedas sin haberse duchado. La dureza de la porcelana al clavar las uñas. Había libertad para hacer ruido y carecían de espacio para el movimiento. Movimiento inconstante, brusco y repeticiones con segundos de descanso. Gemidos de esfuerzo y gritos de placer. De varios momentos de placer. Él le daba la espalda a la puerta y ella podía ver el retrato del acto si levantaba la mirada unos centímetros. Esa era la mejor parte. Mirar hacia delante para ver cada gesto y cada gemido. Él embestía y ella cogía el compás. El reflejo que el espejo les devolvía rozaba la perfección del morbo y el placer. Sobraban los motivos y aumentaban las gotas de sudor y otros fluidos corporales. Él azotaba y ella continuaba el compás entre aquellas cuatro paredes blancas. Él empujaba y ella clavaba las uñas una y otra vez entre las baldosas y su reflejo húmedo. El sudor del orgasmo invadía el habitáculo que recogía la escena. Y cuando ella más lo esperaba llegó el punto de inflexión retrasado demasiadas horas. Él continuaba dándole la espalda a la puerta y ahora ella le daba la suya al reflejo de vapor. Él le daba la espalda a la puerta y ella el frente al pomo de dicha puerta de manera indirecta. Él empujaba y ella continuaba el compás de dichos empujones. Ambos tenían las rodillas desnudas, unas presionaban las baldosas, las otras el roce de pezones. Ahora solo él podía observar el reflejo de la estampa, pero el momento le impedía sostener la mirada a sus propios ojos. Él había dejado de embestir anunciando dicho momento y ella continuaba con el compás. Sobraban los motivos y aumentaban las gotas de sudor y otros fluidos corporales. Sobraba el espacio de baldosas y porcelana y faltaba piel. Sobraban ganas y faltaban otras muchas más cosas. Sobró la piel sin ropa y los pies descalzos. Y en el final no faltó nada, solo ellos dos.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

A fuego.



FOLLAR HASTA QUE DUELA. Se abre el telón y aparece una habitación. Una cama sin sábanas limpias y un armario empotrado. El adjetivo viene al pelo. Suena el reproductor de música del ordenador portátil. Sex on fire. Esto sí que venía al pelo. Acto seguido se ve a dos cuerpos a medio desnudar atravesando el umbral de la puerta. Un chico y una chica. Muchos dedos y poco pelo. Difícil averiguar el camino que recorrían sus extremidades. Terminan de desnudarse mientras se comen sin cuchillo ni tenedor. Ella toma el mando y lo sienta en un borde de la cama. Se arrodilla y empieza a hacer realidad cientos de palabras veraniegas. Pero en pasado. Es decir, como en el pasado. Él se derrumba, mientras su miembro sigue el camino contrario. Tiene ganas de arrancarla de su entrepierna, de tirarla en el colchón y destrozarla como prometió. Pero era imposible detenerla. Las ganas de su miembro y el deseo de su boca habían encontrado la manera perfecta de entrar en conexión. Iba a suceder lo inevitable y ambos lo deseaban. Deseaban que sucediese de una manera concreta. Él apartaba su pelo. Su miembro ardía. Ella ardía y se retorcía de placer. Las ganas que tenía de dejarse llevar eran fuertes, pero había otro deseo superior. La escena era la más caliente que podían haber fabricado. Ni en sus mejores palabras se la habían imaginado así. Los reyes seguían sonando en bucle. La escena era perfecta, pero era imposible de sostener. Y ellos tampoco tenían ganas de que se sostuviese durante mucho más tiempo. Estaban allí, lo más difícil lo habían hecho. Ahora tocaba disfrutar y dejar que fluyese. Esto también viene a cuento y detalla el final de la escena caliente y perfecta. Ella dejó que fluyese. Él estuvo encantado de no poder evitarlo. Entra el sol por la ventana. Las sábanas son blancas. Se cierra el telón.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Blu.

  • Esa semana cometí muchos errores. Evitando los que no nos atañen al momento, diré que el primero fue aceptar la invitación sin hacerme de rogar demasiado. Poco sufrimiento salía de sus teclas. El segundo tuvo lugar el mismo día del asedio. Le llamaré el momento Grey. Momento ascensor. Dos cuerpos en un espacio de uno por uno por menos de tres. Por mucho que se quieran separar, no dejarán la distancia mínima para evitar el terreno personal. Por supuesto, hubo más errores: fallos de cálculo de temperatura corporal, horarios de deporte incorrectos, cantidades de alcohol regaladas, tiempo de descanso descontrolado, etcétera. Podría concluir que parecía un día repleto de errores. Que quede claro, que en este caso el día tuvo menos de 24 horas repartidas en horario nocturno y mañanero.  

    A veces el desconocimiento forma parte de esa cadena de faltas y fallos. Otras veces se convierte en el aliciente necesario para romperla. Ese día, el desconocimiento fue el candado de la cadena.

    Todo empezó al revés. Y no me refiero a los errores. Quiero decir que si la almohada estaba en un lado de la cama, ella tenía apoyada la cabeza en el lado opuesto. El sexo empezaba al revés y tras una dura elección de banda sonora de fondo. La cosa iba de jabones y puñetazos. Que empezase del revés, no quiere decir que empezase mal. Si no, todo lo contrario. En el 99.9% de los casos reconoces en el primer empujón si la otra parte del sexo es de los tuyos o no. Ese día sucedió incluso antes. Juego de miradas y desnudos interrumpidos por escenas de golpes y risas que calentaban más lo que había sobre las sábanas. Ella era la inocencia disimulada. Él, la picardía directa sin humildad. Cada uno sabía como jugar sus bazas en el colchón. Que estocadas dar para que el acto transcurriese sin incidentes. Coordinación perfecta. Ella arriba. Él arriba. Él abajo. Ella abajo. Los compases del ritmo eran descoordinados, pero ardían. Ella era la pausa y los ritmos lentos. Él sabía cuando olvidar su pie en el acelerador. Parecían animales depredadores en tiempo de caza, con miradas acechantes y marcas de uñas incluidas. Ella mordía el anzuelo rápido. Él tampoco esperaba demasiado para sacar la caña del mar. Entre aquellas cuatro paredes sin decoración se estaba jugando un partido de baloncesto muy igualado. Muchos tiempos muertos de menos minutos que los indicados en el reglamento. Y un tiempo de descanso de dos horas de reloj. No había bebidas isotónicas, pero sí agua y colacao y un zumo de melocotón para ver las imágenes del partido repetidas.