sábado, 19 de mayo de 2012

Pepuntope.


Me sé de memoria este camino. Y tampoco es la primera vez que lo re-corro por ella. Y por alguna otra. Maleta roja en un hombro y bolso marrón en el otro. Colorete y rimel. Para mí, perfecta. No necesita nada más. Bueno, sí. Mejoraría mucho sin esos vaqueros nuevos ni esa blusa de cuello subido y siempre transparente. Pero pienso en que para eso, queda poco, solamente tenemos que re-correr el camino a la inversa. No puedo evitarle meterle mano. Sobar ese culito respingón antes de entrar al coche. Intentar meterle la mano, literalmente. Y aprovecho que me come a besos, para tocarle también las tetas mientras se coloca en el asiento de al lado. Pequeñas y bien puestas, muy comestibles. Me torturo pensando en todo lo que voy a hacer en cuanto cerremos la puerta de la habitación. Las desnudo, pero me pide que le deje la ropa interior. El sujetador negro y el tanga a juego que incita al dejar al descubierto esas tres palabras. Ridi alla vita. Me saco el pantalón y el calzoncillo al mismo tiempo que los calcetines. Ella me saca la camiseta para poder chuparme los pezones a su gusto. Ahora es ella la que me tortura con sus reglas del juego. Yo sólo puedo acariciarle el cuerpo suavemente, nada sexual. Algo imposible, piensa mi miembro. Ella me besa, me come la boca, me muerde el cuello y juega con ella. Y se mueve como el primer día, rozándose. Esta vez cambia el orden de los actos. De mi boca salta a mi pecho. A mis pezones. Zona sensible, demasiado sensibles. Pero ya nos conocemos y eso me gusta. Roza los suyos con los míos. Algo que ambos no somos capaces de soportar durante más de un minuto seguido. Y cambia. Muerde y baja. Baja a los muslos y a la zona más dura de mi cuerpo, en ese momento. Ese momento que sólo pienso que ella lo haga eterno. Tener su lengua, su boca y su mano acompasándose sobre mi miembro. Uno de esos pequeños placeres de nuestra relación.