domingo, 1 de abril de 2012

Sexo entre paredes de metal.

Alcohol y luces de neón. Posterior al alcohol y rayos de sol. Medias de lunares pequeños y negros y camiseta blanca a rayas azules. Vermut y ginebra. Cervezas y cruces de miradas. Risas y bailes. Pasos y ganas. Taxi y llegar. Llegar a su parte favorita: el portal. Por nada en particular y porque es algo más que la puerta de la casa. Si ya de por sí, la espera al ascensor es horrible, aquella noche más aún. Los segundos se hacían eternos y las ganas mayores. Se empezaron a besar. Y a tocarse sin la preocupación de las miradas inesperadas de algún vecino. Un largo camino de siete pisos los esperaba. Decidieron que no podían esperar más. Y en cuestión de segundos, llegando al rellano; bragas, pantalones, calzoncillos y medias pasaron a cubrir aquel metro cuadrado. Cuatro pisos más en aquella postura casi-animal. Y manos y sudor que parecían empañarlo todo. Din, don: séptima planta. Y, aunque era el final del trayecto, le habían cogido el gusto al vehículo. Quizás aquellas cuatro paredes metalizadas les podrían ofrecer algo más que un colchón de noventa centímetros. ¿O no? Se respiraba morbo y sexo. Pero decidieron que un dormitorio daba mayor libertad para más posturas. Semivestidos, caminaron el rellano. Y, al lado de su cama, se desnudaron por completo. Posturas del revés y sábanas fuera. Lenguas, bocas y ganas que se atrevieron a hacer nuevas acciones. Ya se sabe que lo improvisado y lo inesperado, suelen tener buenos resultados.