domingo, 31 de julio de 2011

Definitivamente, quizás.

-          Sal. Las cosas han cambiado.
-          ¿Estás segura de que han cambiado? – acercándose a su cara y más peligrosamente a sus entrañas.
-          Sí. Por favor, sal. No quiero que te sigas acercando.
-          No voy a detenerme. Me pones. Te pongo. Ahí abajo está mi actual novia, como el resto la llama. Para mí es simplemente una persona segura con la que acostarme siempre que quiera. Pero el resto de la gente no piensa como nosotros dos.
-          Pues ve con ella.
-          No quiero. Tú me pones más y la idea de hacértelo aquí, en este cuarto de baño, me enciende más todavía. Déjate llevar. Sé que quieres seguirme.
Y antes de que ella pudiese seguir fingiendo y escondiendo sus ganas, él ya le había levantado el vestido y la había empezado a tocar. Sabía cómo hacerlo. Ese era su mayor problema. En realidad, su único problema. Era ya tarde y la ingesta de alcohol insuficiente como para controlar las ganas de follar. Se excusaría diciendo que no le había quedado otra opción.
Mientras estos pensamientos de culpa sin sentido y de negación a todo, paseaban por su cabeza, él se había arrodillado. Le apartó las bragas y sacó su lengua a jugar. Ahí fue cuando su instinto femenino tomó el control de toda su persona. Le agarró fuerte el pelo y empezó a gemir. Su instinto, su yo sin control, estaba actuando. Eso era algo que nunca había podido reprimir. Por suerte.
Aquello había empezado, detenerse ahora no iba a servir de nada. ¿Para qué? Para nada. Así que, decidió actuar. En medio del éxtasis que estaba sufriendo, pudo desabrocharle el pantalón y sacarle su miembro a la luz de aquel reducido cuarto de baño. Reducción que ellos agradecían. Casi se le había olvidado el tamaño y la forma que tenía. Sólo recordaba que no había queja.
Y empezó a actuar con las manos. Suave y despacio. Suave y rápido. Esos pasos sí que no se le habían olvidado. Había habido práctica. Pero el sexo es algo mutuo, según ella. Él había utilizado su lengua y no sabía si eso le provocaba un placer también a él. Así que se atrevió con la boca, lengua y dientes rozando con cuidado. En realidad, a ella no le disgustaba. Al contrario, le gustaba. Placer mutuo, ¿no?