sábado, 4 de junio de 2011

Cuando ya no dejas paso para más razón.

Y es que existen momentos en los que no te da tiempo a pararte a pensar qué es lo que tenemos que hacer. En realidad, tiempo sí nos sobra en ese preciso momento. Pero lo que menos te apetece es pararte a pensar si eso que estás haciendo está bien o está mal. Posiblemente, porque lo que estás haciendo se sitúa en el polo opuesto a algo bueno. Bueno psicológicamente. Porque físicamente es, quizás, una de las mejores cosas que puede hacer el ser humano. Por eso, en ese preciso momento, no es bueno malgastar minutos o ni siquiera segundos, pensando en lo qué debemos hacer. A veces, el verbo deber es nuestro peor enemigo. Nos hace dudar. Intenta privarnos de aquello que nos produce el mayor de los placeres. ¿Y para qué? ¿Para evitarnos unos pares de horas de comeduras de olla? ¿O el romperle la cabeza a tu mejor amigo durante varios minutos de los siguientes cuatro días? No, no vale la pena. No vale la pena porque te pasarás cientos de minutos comiéndote la cabeza por no haberlo hecho, no haberte dejado llevar. Porque a tu amigo le hablarás de que no lo has hecho, de que el verbo deber fue más fuerte que el verbo querer. No vale la pena rechazar y evitar eso que nos gusta, que nos hace sentir bien. Porque la razón te dice que eso no está bien, que eso no es para ti. Porque, en realidad, nadie sabe lo qué es bueno para cada uno. Nadie sabe al cien por cien lo qué nos conviene. Lo único de lo que podemos estar totalmente seguros, es de esas cosas que nos hacen ser felices en ese preciso momento.

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