miércoles, 16 de marzo de 2011

Ojala caiga el diluvio universal.

Me gusta no pertenecer al mundo del ruido y del caos, de los coches y la contaminación en grandes cantidades. Me gusta estar rodeada de verde, azul, playa y eternos paseos, como el primero por la playa. Me gusta tener que coger un autobús cuando no podemos usar el coche para desplazarnos a esa otra parte de altos edificios y descontrol urbano. Lo admito, me gustaba la idea de poder hacerlo en el asiento del medio de aquel autobús. Bueno, en realidad, fueron dos, el de ida y el de vuelta. Ahora una sonrisa picarona y las ganas inmensas que tengo de follarte, impedirían más que mi palabra que la negación saliese de mi boca o de mis manos. No sólo te hubiese dejado introducir la mano en mis vaqueros aquella tarde. Ahora no. Ahora incluso yo te obligaría a que nuestros cuerpos se amoldasen a aquellos asientos y se perdiesen del radar del ojo del conductor. Morbo sí, pero no en dimensiones de tan alto riesgo. Por suerte ese autobús lleva gente, pero a nuestro alrededor habría asientos vacíos, lejos de las miradas cotillas. Aunque realmente, poco me importaría que aquellas noches se masturbasen pensando en nuestra escena. Dos cuerpos tapados estratégicamente entre lo que el espacio desnudo fuese el necesario. De hecho, yo encima de ti, en cualquiera de las posturas posibles dentro de aquel autobús, no dejaría casi un mínimo de piel al aire. Tu cuerpo cubriría el resto y nuestras manos se encargarían de tocar sin destapar. El arte de la provocación encubierta. Ahora pienso qué grande sería ese momento. Ahora no me gusta pensar en que te dije que no en aquel momento. Ahora me pongo pensando en hacerlo así contigo. Bueno, así y de cualquier manera. Quiero terminar conversaciones con el tiempo y que aquel mismo autobús, a aquella misma hora, pero con motivo diferente, nos dé también una segunda oportunidad.

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