martes, 1 de marzo de 2011

La constante discontinua incierta.

Caminaban agarrados de la mano y escupiendo palabras sin ningún ápice de romanticismo ni amor. Caminaban sin destino y hablaban del futuro que les separaría. ¡Qué manera más estúpida tuvieron de perder el tiempo! ¿Perder el tiempo? Puede que ahora, la distancia, la falta de sexo, haya hecho que nada tenga sentido y todo suene a incitaciones futuras que ni se llegarán a producir. Pero en el fondo aquello sucedió así de esa manera, porque tenía que suceder así. Es decir, hicieron el amor las veces adecuadas para que a ella no se le borre de las pupilas su mancha blanca del hombro izquierdo y a él sus movimientos encima, debajo, de lado y un largo etcétera. Está claro que ellos nunca perdieron el tiempo. Las palabras del final sabido, eran marcas del miedo, del temor, del no querer que se acercase tanto a ellos. Y ahora, sólo una parte conserva ese miedo, al final, al volver, al no. Suda ganas y respira deseo, pero siente miedo, falta y rechazo a medias. Las palabras serán uniones o puentes entre la relación. Sólo las mismas pupilas que retienen sus cuerpos desnudos, sus movimientos y posturas, determinarán el tipo.

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