domingo, 6 de febrero de 2011

Él, pasado.

Había dejado de ser la última noche del año unas nueve horas antes. Sí, aquella mañana era la primera del nuevo año y más tarde se darían cuenta de que era su última mañana. Dando tumbos por aquellas calles, una noche más, llegaron al piso de las afueras acompañados por un sol sin ganas de salir. El error estuvo en sentarla sobre sus rodillas. Pero sabía que era el mejor error que podía haber cometido, por el simple hecho de ser ella, una vez más, una noche más con él. Dios, cómo la quería y las ganas de ella con las que se levantaba cada mañana, era algo inimaginable antes de conocerla. Estaba preciosa con aquel vestido negro que dejaba ver el lunar de su espalda. La obligó a andar lo más rápido posible que le permitiesen sus tacones recién estrenados. Para subir las escaleras, lo mejor fue cogerla en brazos. La apoyó sobre las sábanas y al instante aquellos tacones cayeron gracias al efecto del destino y la gravedad. Tiró del lazó atado al cuello y el vestido negro de encaje siguió el camino de los tacones. Otra vez, delante de él, aquel cuerpo perfectamente desnudo. Botones por el suelo y al lado el pantalón, también negro. Ya la tenía dónde quería, encima de él. La forma con la que lo besaba hacía imposible el pensar que fingía. Ella nunca fingía. Era de verdad. Aquella lengua podía llevarlo al punto más álgido del éxtasis. Sólo su lengua podía conseguir eso. Era simplemente genial. Pero él también sabía que recorrer las líneas de cuerpo, suavemente con su dedo índice, la conducía al mismo punto. Y volvían a la misma postura. Ella arriba, él abajo y aquellos movimientos que con tal perfección ejecutaban. Los dos se hacían uno. Un uno que rozaba la perfección. Perfección alcanzada gracias a los escasos rayos que conseguían atravesarlos. Escasos rayos que aquel sol sin ganas les regalaba como signo de realidad. Porque ellos habían sido una realidad sin arrepentimientos durante mucho tiempo atrás.

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