sábado, 22 de enero de 2011

Una, por suerte, entre tantas.

Descubrir que ninguno de los dos tenemos fondo cuando del centro exacto de la superficie se trata. Nada que tape la perfección. Nada que tape lo que suceda dentro de aquellas cuatro paredes. Cuando todo está encendido, cuando las ganas de apoderan incluso de los muebles, es cuando mejor lo hacemos. En un momento dado, repetimos postura hasta llegar a un preciso instante de originalidad. Agarras mis piernas y las colocas sobre tus hombros. Me acerco más a ti, casi del todo. Y continuas, sin perderte. Hacia dentro, hacia fuera, hacia dentro, hacia fuera. Y la necesidad de arañar las sábanas se apodera de mi uñas. Hasta llegas al punto justo en el que cerramos los ojos, mordemos los labios, suspiramos y nos dejamos llevar por el ritmo creado. Hacia dentro, hacia fuera, hacia dentro, hacia fuera. Y llegamos al final deseado. Esta vez los dos juntos, al mismo tiempo. Me miras y te devuelvo la mirada. Sonríes y te devuelvo la sonrisa. Me abrazas y celebramos que nunca perderemos esas cualidad.

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