domingo, 30 de enero de 2011

Pompas de jabón.

Cuando era pequeña, lo que más me gustaba era que mi abuelo me comprase aquel bote de plástico con el que podía fabricar ilusión y fantasía. El bote que hacía pompas de jabón. Ese bote contenía algo especial que ayudaba a que las pompas saliesen grandes y perfectamente redondas, siempre que supieses soltar la cantidad de aire adecuada por la boca. Me divertía sentarme en el banco del parque al lado de mi casa haciendo pompas toda la tarde. A veces, pocas, se lo dejaba a mi hermana pequeña para que las hiciese ella y yo corría detrás para intentar atraparlas. Cuando llevas varios intentos, te das cuenta de que sólo con tocarlas se deshacían. Odiaba no poder sostener una sola pompa de aquellas. No podía retener un sólo poquito de aquella fantasía que salía del bote de plástico rosa. Pero lo que más detestaba de aquel bote, era que si se terminaba no había forma de poder crear las mismas pompas perfectas sin tener que comprar otro. Y comprar significaba que las pompas era diferentes, no eran las mías. Durante varios veranos recuerdo tener a mi madre buscando miles de formas de jabones diferentes para poder obtener las dichosas pompas perfectas. Y que al final no las pudiese retener y tuviese que dejar que se marchasen lejos, muy lejos. Es curioso ver como el futuro y el destino se encaprichan y hacen que tu vida se convierta en una metáfora de pompas de jabón. Lo único que me apetece ahora es dejar que esas pompas de jabón que parecen perfectas, se vayan lejos, a lo más alto de las nubes. Lo único que una hace cuando se da cuenta de que ha dejado de ser la niña de las pompas de jabón del bote de plástico rosa, es probar diferentes botes hasta encontrar el más vacío, el que no le fabrique ilusión y fantasía, el que sólo le ofrezca la parte real, de verdad, la que nunca se agotará: el bote de plástico y el palito pegado a la tapa que se usa para hacer las pompas. Has dejado de querer ver y retener las putas pompas de jabón. Suerte.

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