sábado, 22 de enero de 2011

Al menos, ella no.

Después de dos horas resistiéndose entre sus brazos, había llegado el momento. Menos mal que antes de empezar habían decidido que junto el sillón pequeño situado a los pies de la cama se quedaba la ropa de ella y que al lado contrario la de él. "Para encontrarla antes". Porque sus bragas estaban enredadas en los vaqueros de él, las medias sobre su camisa y jersey. Sólo su vestido de colores obedeció a la dirección hacia donde deberían haber ido las demás prendas. Por todo eso, a ella le llevó tanto tiempo el volver a vestirse. (Contando también que era lo que menos le apetecía). Él la observaba desde la cama sin sábanas, medio destapado, y sin perder detalle de cómo subía las bragas, se abrochaba el sujetador y cubrían aquellos colores el resto del cuerpo desnudo hasta ese momento. Le encantaba la manera que tenía de reírse, la manera de darse la vuelta en la cama, la manera pasional con la que le besaba, le encantaba ella. Y la había llegado a conocer demasiado bien. Conocía lo que le gustaba de verdad, conocía cómo hacérselo y conocía justo el momento en el que ella descendería por su cuerpo, la conocía a ella y le encantaba. Por eso, esa noche, no se cansó de repetírselo de mil maneras distintas. "Me encantas. Me encanta tu humedad. Creo que te lo había dicho ya antes. ¿Lo recuerdas? Me encanta el poder entrar en ti poco a poco, pero con un sólo movimiento. ¡Dios, me encantas! Y no puedo pensar en la manera que tienes de empezar, en el cómo entro en ti, porque lo pienso y creo que me corro una vez más. Me encantas.". Y ella sabía que echaría en falta aquellas palabras el resto de su vida, ella sabía que aquello ya no volvería a ocurrir, él no volvería a entrar sin llamar. Aunque él se resignaba a creerlo, confiaba en el después de esos meses sigue la vida normal. Sólo les queda entregarse al tiempo, pero sin descuidar sus cuerpos. Al menos ella.

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