martes, 14 de diciembre de 2010

Repeat.

Para evitar que el alcohol ensuciara la madera del suelo, decidieron que lo mejor era ingerirlo todo. Algunos no terminaron la noche en pie, otros solos en camas ajenas y ellos dos en la misma habitación. Allí estaba él, una vez más en su habitáculo internacional con otra persona del sexo contrario. Lleno de grados hasta arriba. Y ella, una chica encerrada en un cuerpo de una cuarentona. Cuarentona en el sentido completo de la palabra, vestidos justo por la rodilla, siempre camisa y nunca camiseta, tacones cómodos y no demasiado altos, maquillaje discreto y pelo domado. Con unas ganas desmesuradas por que algún tío le introdujese de una vez su pene, hasta dentro del todo, hasta el fondo. Sin importar quien sea, de donde, ni el idioma que hable. Las babas estaban bien al principio, pero ya es necesario pasar a palabras mayores. Actuaciones mayores. La estampa, los dos borrachos como cubas, ella con unas ganas de follar enormes y él con unas ganas de dormir del mismo tamaño. Es que ni siquiera llegaron a hacer el amago de quitarse la ropa o el intento de tocarse. Él se tiró en la cama y ella se quedo sola con sus dedos resignación, esperando al polvo de la mañana. Polvo que horas más tarde descubriría que tampoco iba a llegar nunca. Cuando él se despertó no se lo creía. ¿Quién era ella? Y al saberlo, ¿qué hacía metida en su cama? Sabía que lo hecho ahí se quedaba, así que se dio otra media vuelta y pensó "el alcohol me hará olvidar". El alcohol... al fin y al cabo, nuestra única salida en común.

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