viernes, 3 de diciembre de 2010

Compostela, testigo de envidia.

- ¿Recuerdas cómo fue la primera vez?
- Como para poder olvidarlo...
- Donde tantas veces había deseado que pasase, en el sitio en el que todas las cosas grandes empiezan. Entre sábanas a cuadros con tonos naranjas.
- Y corazones de colorines cubriéndonos.
- Todo empezó en el salón.
- Nuestro rincón favorito de la casa.
- Y la excusa que meses más tarde nos sigue siendo perfecta.
- Sí, esa vez no duró algo más. Incluso aparecieron los protagonistas. Pero la típica excusa nunca más necesaria nos llevó a la habitación.
- Mi pequeña habitación. Cama, armario y escritorio. Decidimos donde colocar el ordenador para estar más cómodos. Eso sí que no nos duró mucho.
- ¿A qué dos idiotas se les ocurre ser capaz de aguantar las ganas teniendo a esa persona al lado en la cama?
- A nosotros.
- Me empezaste a desnudar.
- Me seguiste el ritmo.
- Apartaste el ordenador.
- Y te metiste dentro conmigo.
- Siempre fuimos de taparnos... por lo menos hasta la cintura.
- Entraba la luz por la ventana.
- La luz de la mañana.
- Somos de mañanas. De mañanas sin luz.
- Y empezamos a hacerlo. Empezaste a moverte de una manera que nadie sería capaz de inventarse.
- Tú me seguiste de un modo demasiado cómplice para ser la primera vez, pero era real.
- Lo hiciste tan bien, que desee que no terminase nunca.
- Quise hacer aquel momento eterno. Sabía que hacíamos un dúo de envidia, pero hasta ese momento no lo habría descubierto.
- Maldije el tiempo que me quedaba por delante.
- Te odié cuando supe que no mentías.
- Aún así nos arriesgamos. Repetimos.
- Y repetiremos. Y ganaremos.

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