lunes, 13 de diciembre de 2010

4710.

Se celebraban las fiestas del verano de su pueblo. Aquel día era el siguiente al más fuerte de los seis que duran. Era domingo. Nunca habían salido solos de noche hasta aquella. Delante de la sirena con senos bien esculpidos, lo agarró fuerte de la mano y huyeron de la masa de gente que permanecía atónita ante aquel pintor bohemio. Sus pasos los condujeron hacia la playa, de nuevo el mismo sitio que la primera vez. Fuegos de artificio decoraban la estampa. Jamás había tenido a alguien que la abrazase en silencio durante tal espectáculo, y él lo hizo sin necesidad de pedírselo. Después de esos quince minutos, la idea de irse de fiesta se esfumó de sus cabezas. A dos pasos tenían aquella cama que los había acogido dos días antes. Entre tropiezos de tacones, caricias obscenas que se colaban por debajo de la ropa y besos mordisqueados, llegaron. Velas. Música. Y vino. Y se comieron la noche. Él se despertó antes. Le sobraron minutos para levantarla a ella con besos en la mejilla que pasaron por la boca, cruzaron el cuello, atravesaron el camino del medio hasta perderse en lo más profundo de su anatomía. Al mismo tiempo que se despertaron sus cuerpos, lo hicieron sus ganas. Se abrazaban tan fuerte que parecían que se iban a romper entre ellos. Despacio, con los ojos cerrados y disfrutando de cada movimiento. El mejor amanecer del verano estaba a punto de ocurrir. Casi sin minutos de descanso, él se levantó y tiró de ella hacia la venta. Pero ella conocía la estructura y sabía que lo mejor estaba en la parte de atrás. Entonces, de repente, aparecieron dos cuerpos desnudos en el interior de un balcón con vistas a la playa de un segundo piso. Abrazándose con sonrisas y miradas. "Volvamos a la cama, te va a coger el frío". Y regresaron para quedarse dos horas más. Regresaron para seguir haciéndose el amor dos horas más a la luz del primer sol.

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