jueves, 26 de agosto de 2010

¿Sí?

Me gusta hacerme ilusiones que sepa que se cumplirán más temprano que tarde. Dormir contigo. Estaremos esperando hasta que el reloj marque las cinco en punto. Nos agarraremos fuerte de la mano, sabiendo que esta vez tendremos un destino fijo, sin ningún tipo de divagaciones. Nuestra cama, porque así la hemos bautizado ya. Me encanta recorrer mentalmente el camino que tus dedos han diseñado sobre mi cuerpo. Cierro los ojos y me acuerdo perfectamente de cada detalle que en tu cuerpo puedo distinguir, siempre con el mismo final: la manchita de tu hombro izquierdo que he tenido que dejar de besar. Pero esta vez no habrá prisas, no habrá llamadas que nos puedan interrumpir, ni sol que nos separe. ¡Qué va! Esta vez me quedo a dormir enrollada en tus sábanas, rodeada con tus brazos, retenida por tus piernas. Dormiremos lo que el éxtasis nos permita, sabiendo que no tardaremos en despertarnos a ratitos para comprobar que el otro sigue ahí, que no se ha ido. ¿Puedo pedirte algo? Desayuno en cama, no con diamantes, no. Me llega con conservar en mi muñeca esa goma verde. Sábado.

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