jueves, 22 de julio de 2010

Sólo son tres meses.

Ella, pequeña de diecisiete años, decidió marcharse veinte días a Canadá para aprender inglés y él, bonachón de dieciocho, tuvo que quedarse en tierras gallegas, echándola de menos y aprendiendo a contar hacia atrás desde el día veinte. Él, en medio de los diecinueve y los veinte, eligió Barcelona para unos días de vacaciones, desconociendo el regreso y ella, que vive su décimonoveno año, vio como se iba y se despedía con un "pronto nos veremos, disfruta". Ambas parejas, tienen que soportar la distancia gracias a la tecnología móvil de diversas compañias, a tarjetas telefónicas recién inventadas para igual preciones nacionales con internacionales y al maravilloso mundo de Internet, capaz de unir todos los puntos aislados del mundo. Dentro de poco más de un mes, ella estrenará la veintena y, casi sin tiempo de celebrarlo, tendrá que empezar a vivir en italiano, alejada de él, niño insaciable e incesante en sus intentos de encubrir sus dieciocho primaveras. Los dos saben que cualquir tipo de tecnología y contacto que puedan tener en ese tiempo sin verse, tocarse, besarse o acariciarse, les servirá de muy poco; pero tendrán que aprender a llevarlo. Y aprenderán.

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