domingo, 20 de junio de 2010

Finalmente.

- ¿Qué piensas, tirártelas a todas?
- No, sólo a una más.
- Gracias, eso creo que me hace sentir mejor.
- Tú me lo pediste.
- No te pedí nada. Ahora va a ser mi culpa que te vayas con cualquier par de tetas.
- Me lo pediste aquella mañana en tu cama, ¿o se te olvidan las cosas?
- No, no se me olvidan. Pero las cosas cambian, los sentimientos evolucionan.
- Dijimos que sería matemáticamente imposible.
- Lo dijiste tú.
- Y tú también. Además de ser científicamente imposible, también.
- Pues ala, has conseguido que así sea. Enhorabuena.
- No quiero la enhorabuena por eso.
- Pues no esperes que te de más de mí.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo que por qué? No soy tonta ni harás que me sienta como tal. Otros ya lo han conseguido por ti mucho antes. Así que ahora limítate a marchar por la misma puerta.
- No me voy a ir a ningún lado. ¿Sabes por qué? Porque el intentar hacérmelo con ella me enseñó que soy capaz de hacer posible lo imposible. Sí, has escuchado bien, intentar. Porque con ella no he hecho nada. Empezamos con los besos y tuve que parar. Yo sólo quiero los tuyos y a ti. Y me asusta querer tenerte cerca cada día y saber que no puedo. Pero más me aterra la idea de no poder hacerlo durante tanto tiempo. Por eso no quiero sentir nada, por eso quería hacerte pensar que era verdad lo de ella. Pero te tengo delante y no puedo mentirte, nunca te podría mentir. Tú me acabas de pedir que me vaya y yo sólo quiero pedirte que te quedes. Y no puedes. Y me siento impotente porque no puedo hacer nada por pararlo, no puedo detenerte, ni detenerme. Pero ahora sé que puedo soportarlo, sólo con una condición.
- ¿Cuál?
- Que me prometas que vas a estar aquí, que no te vas a ir nunca, que no me vas a dejar solo. Quiero intentarlo, sea como sea. ¿Sigues pidiéndome que me vaya?
- No. Quédate para siempre, no me voy a ir nunca de tu lado.

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