domingo, 1 de noviembre de 2009

1.

- Tienes mala cara -le dijo acostado, desnudo, tapado con aquello que cubría la cama.
- No tengo mala cara -contestó ella pensando en lo imposible que era eso. En ese momento, lo único que no podía pasar era que pusiera mala cara. Lo que sí supuso es que su cara era el reflejo de sus sentimientos, en su cara ella reflejaba lo que sentía en ese momento. Había caminado hacia las afueras bajo la lluvia sabiendo que su premio final sería un beso suyo. Pero se equivocó. Subió porque lo deseaba más que cualquier otra cosa que haya deseado en todos sus años. Había pasado mucho tiempo, pero a ella no se le había olvidado aquel sentimiento. Y poder volver a sentirlo, era lo mejor que aquella noche le había deparado. Pero también pensó ¿y después qué? Y se respondió: después tú te irás, harás la maleta e iniciarás una nueva semana de estudios y preparación de futuro profesional; y él se quedará y casi sin dormir regresará a la ciudad que lo oculta y aparta de sus pensamientos, la ciudad en la que se siente protegido, donde vive sin pensar o pensando quizás demasiado. Los dos seguiremos con nuestras vidas actuales, ya no hay llamadas de desconexión, ni sábados con quizás, ni posibles cenas en la ciudad peregrina y mucho menos stops en la ciudad que lo protege.
Y se fue. Ella tenía que regresar al mundo que le había tocado vivir e inventar excusas para tranquilizarla. Él se quedaba allí tumbado durante unas horas, para intentar dormir y descansar. Al siguiente día ella empezaba una semana lluviosa que la acercaba cada vez más a trabajos y exámenes y él una semana rutinaria que lo alejaba del mundo real. Ella pensaría en él, como siempre. Él no iba a pensar en ninguna tontería, sólo trabajo que bastante tenía. Ella recordaria cada instante de su tiempo. Él buscaría otro tiempo en otro cuerpo femenino.
Bienvenidos al mundo real!

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