viernes, 15 de noviembre de 2013

We were really good.


                                         

Fuimos demasiado buenos. Rozamos la perfección. Reconocemos que al principio no sabíamos ni como besarnos. Dos besos en la cara, demasiado impersonal. Un beso en la boca, algo que ocultar. Pero el simple de roce de nuestras dos pieles puso de manifiesto las palabras escritas. Las ganas que se respiraban en el interior de aquel coche empañaron los cristales antes de desnudarnos. Desnudarnos…, desnudarnos nos llevó medio segundo. Nos tocamos en los semáforos. Nos besamos en los cedas. Y nos desnudamos en un parking oscuro y con mala fama. Pusimos el freno de mano y aceleramos. La ropa que tapaba las ganas infernales sobraba desde el roce de las pieles. Hacía mucho frío y llovía fuera. Dentro, llovía por los cristales y hacía muchísimo calor. Sobre todo sobre su piel. El charco bajo sus pies lo confirmaba. Ardíamos. Con cada palabra, con cada pensamiento, ardíamos. Aquello se había convertido en algo que ninguno de los dos podía parar. Aunque quisiera. Ella agachó la cabeza. Él se recostó en su asiento. Ardíamos. Ardíamos de ganas y era algo insoportable. Él agachó su cabeza y ella se recostó en su asiento sin dejar de tocarlo. Volvíamos a ser nosotros dos. Él. Ella. Y su coche mal aparcado. Tú y yo. Esta vez no había cama en nuestro destino. No había cama ni las sábanas que siempre nos sobraron. No había dos camas, pero sí tres asientos. Cuando antes casi solo usábamos una, ahora usamos dos. Él seguía teniendo fuerza y ganas. Ella flexibilidad y ganas. Al aire solo le permitimos correr en el cambio de asiento. Se coló entre nuestros cuerpos cuando te posaste y yo seguía en el aire. Caricias, no podían faltar. Ese era nuestro sello. Era. Fue. Nos miramos. Nos besamos. Nos deseamos. Y volvimos a desaparecer en nuestra blanca realidad. Él recorrió su cuerpo con las yemas de sus dedos y se detuvo un poco más debajo de su columna vertebral. Ella lo acariciaba con sus nalgas. Movimientos acompasados. No había golpes en la pared, no había prohibiciones. Gemimos como animales. Gritamos como si fuese nuestro último día. Irónico. Ella se corrió como si fuese su primer día con él. Qué poco cambiaban las cosas entre los dos cuando el resto desaparecía. Ella pedía el cambio, el descanso, que el tiempo de descuento terminase. Él aguantaba la embestida. Hasta que ella volvió a agachar su cabeza. No había vuelta atrás. Él gemía y expulsaba en cada suspiro las ganas que tenía de ese momento. Se retorcía. Se le erizaba el vello de todo el cuerpo. Ella disfrutaba como pocas veces lo había disfrutado antes. Fue nuestro momento. El momento que congelamos. El momento que perdurará levitando en ese parking cada vez que pasemos por ahí. Ese fue nuestro momento. Irónico.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Runaway. (Pd. Mandingo)


Paredes blancas, suelo blanco, techo blanco y un espejo. Sobraban los motivos, faltaban otras muchas más cosas y sobraba la ropa de cintura hacia arriba. Sobraban los motivos y los besos en la boca. Los besos en la boca son un gesto de debilidad que allí no tenía cabida. Estaban solos, aunque no por mucho tiempo. Y aun así, sobraban los motivos y sobró tiempo también. Pies descalzos y de puntas para facilitar la penetración. Descubrieron el tacto de las baldosas húmedas sin haberse duchado. La dureza de la porcelana al clavar las uñas. Había libertad para hacer ruido y carecían de espacio para el movimiento. Movimiento inconstante, brusco y repeticiones con segundos de descanso. Gemidos de esfuerzo y gritos de placer. De varios momentos de placer. Él le daba la espalda a la puerta y ella podía ver el retrato del acto si levantaba la mirada unos centímetros. Esa era la mejor parte. Mirar hacia delante para ver cada gesto y cada gemido. Él embestía y ella cogía el compás. El reflejo que el espejo les devolvía rozaba la perfección del morbo y el placer. Sobraban los motivos y aumentaban las gotas de sudor y otros fluidos corporales. Él azotaba y ella continuaba el compás entre aquellas cuatro paredes blancas. Él empujaba y ella clavaba las uñas una y otra vez entre las baldosas y su reflejo húmedo. El sudor del orgasmo invadía el habitáculo que recogía la escena. Y cuando ella más lo esperaba llegó el punto de inflexión retrasado demasiadas horas. Él continuaba dándole la espalda a la puerta y ahora ella le daba la suya al reflejo de vapor. Él le daba la espalda a la puerta y ella el frente al pomo de dicha puerta de manera indirecta. Él empujaba y ella continuaba el compás de dichos empujones. Ambos tenían las rodillas desnudas, unas presionaban las baldosas, las otras el roce de pezones. Ahora solo él podía observar el reflejo de la estampa, pero el momento le impedía sostener la mirada a sus propios ojos. Él había dejado de embestir anunciando dicho momento y ella continuaba con el compás. Sobraban los motivos y aumentaban las gotas de sudor y otros fluidos corporales. Sobraba el espacio de baldosas y porcelana y faltaba piel. Sobraban ganas y faltaban otras muchas más cosas. Sobró la piel sin ropa y los pies descalzos. Y en el final no faltó nada, solo ellos dos.